El año comenzaba en el José Zorrilla con la intención de que se cumpliera aquello de que ‘año nuevo, vida nueva’. Sin saber si Tevenet iba a poder cambiarle el aspecto a este Real Valladolid tras apenas una semanita de entrenamientos, lo que se vio fue una reacción llamativa, aunque tardía. No se puede regalar la primera parte como lo hicieron ambos equipos, pero como es casi el día de Reyes, se lo podemos perdonar.
Lo realista es tratar de entender las razones por las cuales el equipo pucelano salvó un punto (o perdió dos) en el primer partido del año. Con esa intención, saco las que para mí son las tres claves esenciales para entender un nuevo empate blanquivioleta en el José Zorrilla, en el duelo entre Real Valladolid de Luis García Tevenet y el Racing de Santander de José Alberto López.
Una primera parte para olvidar
La primera parte es un borrón importante. No se puede decir que lo fuera hasta el punto de darle herramientas al Racing para incomodar, pero lo cierto es que sí lo fue para generar dudas en la grada de lo que pretendía ser el equipo. Ni tuvo profundidad, ni carácter, ni encontró demasiadas vías para crecer en juego por dentro. Muy poco que resaltar dentro de esos primeros cuarenta y cinco minutos, donde ninguno de los dos equipos fueron capaces de demostrar lo que se esperaba de ellos. Ni el líder fue el esperado ni el Valladolid supo mostrar el lavado de cara que pretendía para 2026.

De hecho, quizá la mejor de las figuras que representan esa mala primera mitad fue el jovencísimo Ibrahim Alani. Un canterano con una capacidad enorme que no supo cómo encarar bien el cometido de la fría tarde en Zorrilla ante los cántabros. Se diría incluso que el colegiado le perdonó la roja, tras varias entradas algo fuera de lugar, pero sobre todo hay que destacar su desatino como elemento clave en salida de balón. Su virtud no supo darle a Lachuer ni a Meseguer el camino para relacionarse y hacer que el equipo fuera más pegajoso y colectivo. En la segunda mitad, por suerte, todo esto cambió.
Maroto lo cambió (casi) todo
Es fácil ver que los cambios del técnico pueden mover cosas, dar otra cara o motivar a los que estaban en el campo, pero pocas veces la entrada de un jugador es capaz de cambiar un partido tan radicalmente. Además, el caso de Mario Maroto ayer, siendo un canterano con escasas oportunidades en esta temporada, más complejo aún. Pero es que el niño tiene más fútbol que muchos.
Tiene mucho que contar Maroto en ese rol. Es un futbolista que, sin ser propiamente un pivote clásico, su capacidad para ser ‘ritmista’ del equipo dejó ver cuál puede ser su rol dentro de un equipo con necesidad de virtudes en la sala de máquinas. Nada más salir, intentó un buen disparo desde fuera del área, en lo que fue una de sus únicas contribuciones ofensivas, pero lo vital llegó en forma de pegamento.

Hizo que Mathis Lachuer bajara el ritmo y encontrara más balón, acercó a Víctor Meseguer a zonas más influyentes y supo ser el director de orquesta del Pucela en un partido en el que, desde el primer minuto, todos rechazaban la batuta. Con sus giros, su capacidad para encontrar vías para iniciar y su facilidad para encontrar la solución sencilla, Maroto es un jugador que debe ser útil para un Valladolid deprimido en lo creativo.
Es vital evitar los nervios
El equipo no siempre manejó bien los nervios. Y eso es complicado cuando te juegas tanto. Ni Latasa supo gestionar bien la frustración de un arbitraje ciertamente extraño, ni Alani supo regular su agresividad, ni Tomeo supo entender bien cuándo y cómo se necesita un plus de intensidad. El penal, muy cuestionable, y la roja hicieron mucho daño, siendo la guinda para hundir la vitalidad de un equipo que en la segunda mitad parecía otro.
De hecho, hasta el partido daba la sensación de ser otro. Solo las camisetas, el frío y las gradas daban pistas de que, en vez de en un agujero de gusano espacio-temporal, seguíamos en el José Zorrilla. Aún así, el equipo necesita medir esos saltos anímicos para evitar que el marcador pueda restarle méritos a las labores que, en cuarenta y cinco minutos, hicieron merecedor al Real Valladolid de algo más que un punto aunque ese fuera el premio final.
