La derrota en el Anxo Carro de Lugo amenazaba con abrir las puertas a un exagerado nerviosismo, pero las dudas quedaron (casi) despejadas una semana después
Este lunes me dio por comparar a Rubi con Ray Donovan. Lo hice en casa, tranquilo, alejado de los frágiles debates que hay en torno a la figura del entrenador del Valladolid. «El ‘Método Donovan’ nunca falla», aparece en la versión española de la serie producida por Showtime. El método de Rubi, por ahora, camina con seguridad. Los fallos, no muy importantes, entran dentro de la lógica de quien empieza una nueva aventura casi a ciegas.

Ray Donovan, en su vida laboral, es un hombre frío, calculador, que sabe manejarse en cualquier situación y no duda en improvisar si es necesario. Tiene a su lado a Ezra, Avi y Lena, en los que confía plenamente y con los que trabaja codo con codo. En el caso de Rubi, su grupo de máxima complicidad está formado por Xabi Gil –preparador físico–, Jaume Torras –segundo entrenador– y Diego Tuero –preparador de porteros–.
Al igual que Donovan, Rubi tiene cierta obsesión por el control de lo que sucede a su alrededor. No deja cabos sueltos y siempre busca dominar el escenario, sea cual sea el guión que se está llevando a cabo. Incluso en rueda de prensa demuestra un dominio insultante de la situación. Respuestas estudiadas, análisis sencillos y una seguridad que revuelve a los periodistas, pero gusta a la afición.
El domingo, a eso de las seis, el cielo enfurecía y bañaba las calles de Valladolid con una tormenta extraordinaria. Parecía el preludio de lo que podía ser el partido del Pucela, más aún tras caer por uno a cero en Lugo, pero no fue así. Rubi apostó por juntar a Álvaro Rubio, André Leão y Óscar en una alineación en la que destacaba la presencia de Óscar Díaz en lugar de Roger. El acierto fue pleno.
No nos encontramos un 4-2-3-1 convencional, sino que Rubi planificó un encuentro en el que el doble pivote y la mediapunta intercambiaban sus roles jugando al despiste como el niño que juega al escondite y empieza a contar mientras mira de reojo para ver dónde se esconden sus amigos.
Álvaro Rubio ejerció de sospechoso enganche en muchas fases del encuentro, dejando a Óscar retroceder unos metros para entrar de lleno en la elaboración. Un pasillo central modificado con la intención de desordenar el planteamiento rival. Y lo logró. Costó un poco, pero lo logró. El primer gol fue producto de ello. Óscar, escondido durante muchos minutos, rompió líneas con un preciso demarque para que Álvaro Rubio, situado en ese momento de interior derecho, le metiese un centro milimétrico que el salmantino cabeceó a la red. El Racing perdió las marcas y el ‘Método Rubi’ comenzó a imponerse.
A partir de ahí, coser y cantar. El fútbol del Pucela fue brillante por momentos, con cierta anarquía a los ojos de los aficionados, pero un gran control de la situación si nos atenemos al movimiento de las figuras dentro del terreno de juego. Rubi contemplaba su obra de pie, moderadamente relajado y esperando la sucesión de los goles.
El ataque funcionó bien incluso a balón parado. Se notaba pizarra en las acciones. Saques de esquina en la que todos arrastran al primer palo para que el balón vaya al segundo y aparezca un rematador en solitario. O faltas indirectas sacadas en corto para que el más cercano la deje pasar y otro llegue desde atrás y la cuelgue al corazón de un área ya demasiado agitado, con las marcas perdidas y el descontrol reinando.
El choque fue una mezcla de control e improvisación notable. Una versión española de Ray Donovan que duró casi lo mismo que los capítulos de la popular serie, ya que el último tramo del encuentro deslució un poco por la expulsión de Javi Varas y el nerviosismo de un equipo que tardará varias semanas en controlar el peso moral del traumático descenso.
El ‘ Método Rubi’ convence. O, al menos, a mí me convence. Pero esto acaba de empezar y queda mucho camino por recorrer. Un camino, dicho sea de paso, que será más sencillo si todos vamos en la misma dirección. ¿Lo conseguiremos?













