La imagen del Real Valladolid celebrando su partido ante el Ceuta tiene algo de mágica. En ella no solo se ve al equipo en un momento radicalmente opuesto en esta temporada, sino que se ve también la proyección de un deseo. El de más de veinte mil almas que soñaron que eso que se vivió en el José Zorrilla fuera la dinámica particular de un equipo destinado a mucho más. Quizá en ese marcador nos engañamos todos un poco. O vimos lo que este equipo podría ser capaz de alcanzar si de verdad funcionara todo como se esperaba.
¿Quién lo sabe? El caso es que desde ese 15 de agosto de 2025 ya llovió. Más de lo que muchos queremos reconocer y mucho menos de lo que podría haber conseguido que se fueran los nubarrones de un estadio que no consigue levantar cabeza. El Real Valladolid es mucho más que un resultado, pero también es el viejo orgullo de un grande caído en desgracia.
La sombra de las virtudes de un viejo conocido del fútbol noventero apenas deja ver que ahora el blanco y el violeta brilla menos. Se puede pulir, coser de nuevo el escudo y buscar una vía para que el equipo pueda encontrarse a sí mismo, pero la realidad es que todo eso lleva tiempo. Igual la grandilocuencia no ha sido buena aliada del Pucela. Desde el inicio. Se dijo adiós a Ronaldo con la sensación de que todo sería ya fácil, una cuesta abajo que no tendría más pegas.

Pero en realidad había mucho que hacer y cuestas por subir. El club necesita (aún) renovarse, establecer unas nuevas columnas en torno a su (verdadero) techo competitivo y, sobre todo, convencer en el césped. El equipo es joven y tiene potencial para poder ser un buen equipo, pero quizá no para serlo ya. Es esa la gran verdad que, probablemente, nadie nos contó del todo.
El equipo necesita más, es evidente. El Real Valladolid 25/26 puede que sea el primer paso de una historia que necesita plantilla, fondos, una estructura seria y mucha comunicación. Y, junto a todo eso, confianza. Y la confianza en el fútbol suele ir de la mano de la victoria. Una vieja amiga que nos está siendo demasiado esquiva. Pero, ¿Qué más le falta a este Pucela? En la búsqueda de esa respuesta que parece no llegar nunca, lo más seguro es que no sea algo que se pueda comprar (y menos con nuestro presupuesto).

La alegría de los primeros días del curso no encerraba la sensación de que al equipo le faltara mucho para ser lo que todos soñábamos. Quizá solo la continuidad que no ha acabado llegando y que se ha llevado, además de los puntos, la fe en un año que despedimos incluso peor de lo que ha empezado este. Sí, 2026 aún no sabe lo que es una victoria del Real Valladolid y la necesidad de limpiar su imagen parece meter prisa, pero hay razones de sobra para pensar que la reconstrucción de un equipo que estaba a la deriva va a necesitar más que una Nochevieja.
El Pucela sigue enfermo. O quizá los «enfermos» también seamos nosotros. A veces seguimos queriendo celebrar en la meta sin haber recogido el dorsal para la carrera. Este equipo necesita respirar, encontrar su punto competitivo y, sin duda, sanar sus deudas. Y necesita también la comunicación para que todos puedan acompañar en ese viaje y la comprensión de quienes deberán entender que su equipo no es ya el que era. Puede volver a convertirse en lo que fue, con años, curas y victorias, pero no sin la siempre dolorosa caminata por el infierno que supone saberte lejos de la ensoñación que todos tuvimos un día de agosto de 2025.

No sé si confiarse ante un buen resultado es una mala idea, pero muestra el camino para entender que todo depende del punto de vista. Y que ni entonces todo era tan brillante ni ahora tiene porqué ser todo tan negro. Hoy, el Valladolid necesita ayuda. Empezando por sus dueños, de sus directiva y de su plantilla.
Porque la realidad es que sin victorias y sin llevar el escudo con honor, es muy difícil que la gente crea. Deberes por hacer de una parte que deberá responder para que la otra parte no olvide su importancia: el José Zorrilla, ese que siempre debe estar, el que siempre será refugio, consuelo y alegría. Todo eso que, sumidos en el desánimo, corremos el peligro de olvidar.










