Pasear por Valladolid siempre te lleva a sorpresas. Como si se tratara de una ciudad dentro de otra ciudad, sus calles esconden secretos. Por esa había una muralla, en aquella había un cine y esa otra, en cambio, albergaba un hospital. Escuchar ese tipo de cosas dice mucho de las ciudades que ha sido esta ciudad en cada punto de la historia. Del presente al pasado, uno de los secretos más íntimos de la ciudad tiene su entrada más llamativa por la calle San Quirce, pues la Plaza del Viejo Coso convierte un paseo rutinario en una espléndida manera de caer en la cuenta que vivimos en una Valladolid muy distinta a la que fue, con vestigios de su historia.
La cicatriz que supone esta plaza, casi un patio de vecinos en medio de una ciudad que siguió creciendo, es notoria. De forma octogonal y construida en el S. XIX, concretamente en 1833, fue la primera plaza de toros construida en la ciudad de Valladolid. Esta plaza seguía un patrón ya conocido en Tarazona, Zaragoza, Granada o Jerez de la Frontera, pero resultaba una clara novedad con respecto al común de los recintos que, en ese entonces, decoraba las ciudades de España.
Tiene entrada y salida en la citada calle de San Quirce y también en la calle San Ignacio y la primera construcción de esta plaza de toros se hizo sobre las antiguas casas del Conde de Salinas, en una zona cercana al Palacio de Fabio Nelli que se pudo adquirir para tan fin. Con capacidad para acoger a cerca de ocho mil voces emocionadas por la tauromaquia, el recinto fue utilizado para tal fin hasta su clausura en 1890 (año en el que se construyó el coso actual en el Paseo de Zorrilla) y su posterior rehabilitación para acoger un cuartel de la Guardia Civil.
Hoy, en cambio, se levanta majestuosa para impresionar a quienes tienen la suerte de recibir el consejo de alguien que la conozca o seguir los pasos caprichosos que te hubieran de llevar a descubrirla por ti mismo. Con una fachada pintada del color del ladrillo y de la madera de los balcones, diseñados como en una ficticia corrala de comedias, la Plaza del Viejo Coso es hoy ya un recuerdo de lo que fue que convive con lo que es. Fue en la década de los ochenta cuando la estructura cambiaría definitivamente para abrirse al público y, sobre todo, servir de puente entre calles y de patio interior para quienes tienen la suerte de habitarlas.

En su interior, un Tejo centenario es responsable de dar sombra y cobertura casi mágica a un recinto de ambiente inmejorable, al que se asoman los balcones de los edificios reconvertidos en viviendas por el diseño de los arquitectos Manuel Finat y Javier López de Uribe, en los que antes e todo eso, hace ya casi dos siglos, aplaudía el público ante la danza mortal entre toro y torero. Un espacio fundamental para entender como nació la Valladolid de conocemos.
Frente a ciudades que supieron como conservar los edificios más emblemáticos o el aspecto representativo de sus rincones más antiguos, Valladolid cayó en la desgracia de ver cómo muchos de sus grandes testigos de la historia caían mientras se levantaban otros inmuebles destinados a quehaceres muy distintos, con la salvedad de estos espacios que nos dejan mirar al pasado y al presente como si fueran dos fotos en la misma pared.
Hoy, la Plaza del Viejo Coso se deja querer como una amiga que siempre está. Te acoge con rapidez y te cuida durante el rato que quieras compartir con ella para luego dejarte marchar con la promesa de volverse a ver. Solo los afortunados que pueden asomarse a sus secretos desde la corrala de madera tienen ese lujo de vivir a su lado, aunque siempre nos quedará la vieja costumbre de perder el rumbo por esta ciudad y beber de lo que tus pasos puedan encontrarse.














